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Módulo 09 · Mediación y ayuda de terceros

Cuándo meter a un mediador

By the dip team · Clinical consultant: Pauline Sam, MD ·

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Cuándo meter a un mediador

Versión en inglés · traducción en preparación

Este artículo aún está en inglés. La traducción al español está en preparación.

Cuándo meter a un mediador

Llevas tres meses dándole vueltas al mismo tema. La decisión de la escuela. El calendario del verano. La manera en que están funcionando las cuentas. Ya lo platicaron. Se han escrito sobre eso. Hasta se sentaron una vez, en el café, a tratar de resolverlo. Nada de eso produjo un acuerdo, y el tema sigue volviendo, un poquito más pesado cada vez.

Has empezado a notar algo en ti cuando ves un mensaje nuevo sobre el asunto. Una tensión. Una sensación de otra vez con lo mismo. El tema ya dejó de ser solo un tema; se volvió la marca de todo lo que no funciona entre ustedes dos como pareja que cría junta.

Has pensado, en silencio, en meter a una tercera persona. Lo has pensado y no lo has hecho. No estás seguro de que haga falta. No estás seguro de que vaya a ayudar. No sabes cómo proponerlo sin que en la otra casa lo lean como una manera de subirle al tono.

Este artículo es para el momento en el que estás.

De qué trata este artículo

Este artículo es el pilar del Módulo 09. Aborda una decisión concreta: cuándo meter a una tercera persona en el trabajo de la crianza compartida, y cómo reconocer que ese momento ya llegó.

El principio es este. La mayor parte de la crianza compartida la sacan adelante los dos, solos, a lo largo de los años. Pero hay un tipo de trabajo que dos personas de verdad no pueden hacer solas: el que pide una estructura, una neutralidad o un conocimiento que ninguna de las dos puede darle a la otra. La señal de una crianza compartida madura no es evitar a la tercera persona. Es saber cuándo hace falta una.

El artículo cubre cinco cosas. Las señales de que la mediación hace falta. Lo que un mediador hace en realidad. Los miedos que retrasan la decisión. Cómo proponerla. Y cuándo la mediación es la respuesta equivocada.

No cubre cómo encontrar a un mediador (Artículo 02), cómo es la primera sesión (Artículo 03), ni los resultados formales que la mediación puede producir (Artículo 04). Esos son los siguientes tres artículos. Este trata de si siquiera estás en la puerta.

Las cinco señales

La mayoría de las personas saben, en alguna parte de sí mismas, cuándo llegaron a este punto. Las cinco señales de abajo son maneras de confirmar lo que ya estás sintiendo.

El mismo tema vuelve sin resolverse. Un asunto concreto ha salido tres veces o más en tres meses o más. Cada vez, trataste de manejarlo de frente. Cada vez, no llegó a una solución estable. Que se repita no es señal de que alguno de los dos esté siendo poco razonable. Es señal de que la estructura de la conversación no está funcionando, y que hace falta una estructura nueva.

El tono se ha ido endureciendo. No por un intercambio en particular, sino como patrón. Los mensajes están más filosos que hace un año. Las pausas antes de contestar son más largas. Los dos están haciendo más esfuerzo para mantener el canal funcionando, y los dos sacan menos de ese esfuerzo. Ese deslizamiento es el canal pidiendo ayuda.

Hay una decisión que tomar y no pueden tomarla. No una preferencia. Una decisión de verdad, con una fecha límite de verdad. La escuela para el viernes. La cita médica para la próxima semana. El compromiso económico para fin de mes. Ya lo platicaron. Cada quien sostuvo su postura. Ninguno puede mover al otro. La fecha se acerca, y el atorón es real. Un mediador a veces puede generar movimiento donde ustedes dos, solos, no pueden.

Has empezado a imaginarte lo peor sobre la relación. El pensamiento nunca vamos a resolver esto ya se te hizo familiar. El pensamiento esto va a afectar a mi peque durante años te ha pasado por la cabeza. El pensamiento ya no puedo seguir haciendo esto con la otra casa ha salido más de una vez. Imaginarte lo peor es información. El canal está cargando más peso del que aguanta. Un mediador puede aligerar la carga al sumar otro tipo de apoyo estructural.

En la otra casa ya lo propusieron. Soltaron la idea, aunque haya sido de pasada, aunque haya sido a regañadientes. A lo mejor necesitamos que alguien nos ayude a pensar esto. La propuesta, cuando viene de allá, vale la pena tomarla en serio. Llegaron al mismo punto desde el que estás leyendo este artículo. Los dos están en la misma puerta, quizá sin darse cuenta.

No necesitas que estén las cinco. Con dos o tres basta. Una, si pesa lo suficiente, puede bastar. Las señales no son una lista para palomear; son una herramienta para entender lo que pasa.

Lo que un mediador hace en realidad

La palabra mediador carga un peso que puede enredar la decisión. Unas cuantas aclaraciones.

Un mediador es alguien que escucha con estructura. Su habilidad principal es crear un espacio en el que dos personas que no han logrado oírse vuelvan a oírse. El espacio es neutral. El ritmo es más lento que el de sus conversaciones de siempre. Las intervenciones del mediador son pequeñas: una pregunta, un replanteo, reconocer algo que uno de ustedes acaba de decir y que el otro no había alcanzado a tomar del todo.

Un mediador no toma partido. No decide quién tiene la razón. No obliga a nada. No dicta sentencias. Su autoridad es estructural, no directiva. Crea las condiciones para el acuerdo; no impone ninguno.

Un mediador no toma las decisiones por ti. Incluso al final de una mediación que sale bien, las decisiones son de ustedes. El mediador quizá te ayudó a ver opciones que no veías. Quizá te ayudó a entender qué te estaban pidiendo en realidad desde la otra casa. Pero el o el no de cada pregunta sigue saliendo de ustedes dos.

Un mediador está obligado a guardar la confidencialidad. La mayoría de los mediadores profesionales trabaja bajo reglas de confidencialidad: lo que se dice en la sesión se queda ahí. Eso los libera a los dos para hablar con más apertura de la que tendrían en un juzgado o en una mediación entre figuras de la familia.

Un mediador trabaja por sesiones, no en tu día a día. Una mediación típica son de una a seis sesiones, según lo complicado que sea. Entre sesión y sesión, ustedes funcionan como siempre. El mediador no reemplaza el canal de todos los días; suma un canal con estructura al lado de ese.

A un mediador se le paga. La mediación profesional tiene un costo, que va de bajo a considerable según el lugar, la formación del mediador y lo complejo del trabajo. Esto es algo real que considerar. En algunos lugares hay mediación gratuita o con apoyo a través de servicios comunitarios, instituciones religiosas o instancias de gobierno (el Artículo 09 del Módulo 09 cubre las opciones culturales y religiosas).

En pocas palabras: un mediador es un profesional al que se le paga y cuyo trabajo es ayudar a dos personas que se preocupan por algo en lo que no logran ponerse de acuerdo a encontrar una manera de acordar, o a dejar claro en qué no logran acordar para que puedan dar el siguiente paso estructural.

Los miedos que retrasan la decisión

La mayoría de las personas que se beneficiarían de una mediación la posponen. Suele haber cuatro miedos en juego.

El miedo al gasto. La mediación es cara. Seguro esto lo podemos resolver nosotros. Este miedo muchas veces está equivocado. El costo de un desacuerdo sin mediar que se alarga meses o años casi siempre supera el de tres o cuatro sesiones de mediación, tanto en lo económico (por todo lo que cuesta operar así) como en lo emocional. El pago del mediador, visto como una inversión en tiempo y en claridad, suele ser el camino más barato hacia adelante.

El miedo a subir el tono. Si propongo un mediador, en la otra casa van a pensar que estoy subiéndole al tono. Van a pensar que estoy armando un caso. Se van a sentir atacados. Este miedo tiene algo de fundamento. La propuesta, mal planteada, puede provocar que alguien se ponga a la defensiva. La siguiente sección cubre cómo proponerla de forma limpia. El miedo, por sí solo, no es razón para no proponerla; es razón para proponerla con cuidado.

El miedo a no dar el ancho. Deberíamos poder con esto solos. Necesitar un mediador quiere decir que fallamos. Este miedo se siente con más fuerza en las personas que se enorgullecen de ser capaces. Replantéalo: necesitar un mediador quiere decir que identificaste un problema que está fuera de lo que tú sola puedes resolver. Dos personas, solas, no pueden darse entre sí lo que una tercera persona a veces sí. Eso no es fallar. Es el mismo reconocimiento que lleva a alguien capaz a contratar a un contador, ir al doctor o consultar a un especialista para cualquier asunto concreto.

El miedo a perder el control. En cuanto meto a una tercera persona, estoy soltando el control de la situación. Este es el miedo que más vale la pena examinar. Es cierto y engañoso a la vez. Cierto: sí sueltas algo del control unilateral sobre el rumbo de la conversación. El mediador va a meter una estructura que los limita a los dos. Engañoso: en realidad nunca tuviste el control; lo tenía el tema sin resolver. El control que sueltas es, sobre todo, la ilusión de control. El control que ganas es la posibilidad de de verdad resolver el asunto.

Los miedos son reales. Ninguno de ellos basta como razón para retrasar la decisión si las señales son claras.

Cómo proponerlo

La propuesta importa. Unos cuantos principios.

Plantéalo como algo que hacen juntos, no como un pleito. He estado pensando en lo atorados que nos quedamos siempre con esto. Me gustaría probar metiendo a un mediador. Creo que una tercera mirada podría desatorarnos. El planteamiento es los dos sacando adelante el problema juntos, no yo trayendo a un árbitro para manejarte.

No lo conviertas en un veredicto sobre la relación. Esto no es porque hayas hecho algo mal. Es porque los dos seguimos llegando al mismo lugar, y quiero una salida para ambos. Estás nombrando la realidad estructural sin repartir culpas.

Define el alcance. Estoy pensando en tres o cuatro sesiones, enfocadas en [el asunto concreto]. Nada que se alargue. El alcance baja el miedo. Casi toda la resistencia a la mediación tiene que ver con un compromiso abierto y desconocido. Un alcance acotado es más fácil de aceptar.

Propón a una persona o un camino concreto. Busqué a algunos mediadores. Hay uno que se ve prometedor. ¿Lo vemos juntos? O bien: Me gustaría preguntar por recomendaciones. ¿Te late la idea? El camino es concreto. La decisión ya no es ¿lo hacemos?; la decisión es ¿con cuál?

Da tiempo. No pidas una respuesta inmediata. Sin prisa. Tómate una semana. Me dices qué piensas. Muchas veces, allá necesitan dejar reposar la idea antes de aceptar. Presionar por un sí rápido produce un no rápido.

No adivines en voz alta lo que van a objetar. Ya sé que vas a decir que es tirar el dinero, pero... Eso se adelanta y trata al otro con condescendencia. Deja que pongan sus peros de verdad, no los que tú les imaginaste.

El medio es por escrito. Manda la propuesta como un mensaje escrito. No en el intercambio. No en un momento caliente. Tómate tu tiempo con la redacción. Mándalo cuando estés en calma. Deja que lo reciban a su propio ritmo.

Un mensaje de ejemplo: Hola. Quería plantear algo que he estado pensando. Llevamos un buen rato dándole vueltas a [el tema], y no creo que lo vayamos a resolver solo entre nosotros dos. Me gustaría probar metiendo a un mediador. Estoy pensando en tres o cuatro sesiones, enfocadas nomás en esto. Con gusto busco a alguien, o lo buscamos juntos. Sin prisa por la respuesta. Me dices qué piensas.

Menos de cien palabras. Concreto. Mirando hacia adelante. Abierto a lo que opinen sobre el quién, aunque esté claro en el si sí o si no.

Cuándo la mediación es la respuesta equivocada

Unos cuantos casos en los que la mediación no es el siguiente paso correcto.

Cuestiones de seguridad. Si hay algún antecedente de violencia, de intimidación o de un control coercitivo importante, puede que la mediación no sea adecuada. El desequilibrio de poder estructural puede hacer que la mediación se sienta segura mientras en realidad reproduce las dinámicas que necesitan una intervención formal. El Módulo 11 (Nuevas parejas y familias reconstituidas) aborda las situaciones relacionadas con la seguridad de manera específica. Si la seguridad está en duda, el siguiente paso no es un mediador; es un profesional con formación en violencia doméstica, un abogado o, en algunos casos, la instancia de gobierno correspondiente. Si en algún momento hay peligro inmediato, marca al 911. Para violencia familiar, está Vida sin Violencia, 800 108 4053, a nivel nacional. Y la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (a través del DIF) atiende lo relacionado con la protección de la infancia.

Problemas activos de adicción que afectan a una de las personas. Si alguien vive con una adicción activa o con una enfermedad mental grave sin tratar, puede que la mediación no produzca acuerdos estables, porque una de las partes no logra participar de manera estable. El trabajo que hace falta es tratamiento primero, mediación después. Para esto existe la Línea de la Vida, 800 911 2000 (CONADIC), los Centros de Integración Juvenil y los grupos de Al-Anon para las familias de alguien con una adicción.

Una de las personas se ha desconectado por completo. El patrón de la pareja silenciosa que aparece en el Módulo 08 (Comunicación con el papá o la mamá de tu peque), Artículo 11. La mediación necesita dos partes presentes. Si una está estructuralmente desconectada, a veces la mediación puede reactivar la participación, pero muchas veces no. El Módulo 17 (Cuando el papá o la mamá de tu peque no está bien) aborda este tipo de situaciones.

Una fecha límite legal le ganó a la conversación. A veces la situación ha avanzado a un punto en el que hace falta el consejo de un abogado antes de que la mediación tenga sentido. Una mudanza que afecta los arreglos de la crianza. Una decisión económica con implicaciones fiscales. Una alerta de protección a la infancia que ya se levantó. En estos casos, el abogado va primero; la mediación quizá venga después.

El desacuerdo es sobre algo que un mediador no puede resolver. Algunos desacuerdos en realidad no son sobre lo que parecen ser. Quiero la semana de agosto a veces se traduce como no me siento respetado en nuestra crianza compartida. Un mediador a veces puede trabajar con la capa más profunda; a veces esa capa más profunda es trabajo de una terapia individual primero, y la mediación solo después.

Cuando la mediación es la respuesta equivocada, el siguiente paso correcto suele ser una de las alternativas que se ven más adelante en este módulo: el abogado (Artículo 06), el terapeuta (Artículo 05), la intervención formal (Artículo 11), o un cambio estructural en la crianza compartida misma.

Para cerrar

Estás en la mesa de la cocina. El tema que lleva tres meses dando vueltas está ahí, entre tú y el siguiente mensaje que quizá mandes.

No mandas el siguiente mensaje.

Redactas uno distinto. Hola. Quería plantear algo que he estado pensando. Llevamos un buen rato dándole vueltas a la decisión de la escuela, y no creo que lo vayamos a resolver solo entre nosotros dos. Me gustaría probar metiendo a un mediador...

Lo relees. Lo dejas en borradores una hora. Vuelves, ajustas una frase, lo mandas.

Sea cual sea la respuesta, de tu lado la decisión ya está tomada. Reconociste el momento. Lo nombraste. Diste el paso que el momento te estaba pidiendo.

La mediación, si llega a pasar, quizá resuelva la decisión de la escuela. Quizá resuelva otras cosas de paso. Quizá no produzca un acuerdo completo, sino un entendimiento más claro de en qué están ustedes dos de verdad en desacuerdo. Cualquiera de estas cosas es un avance.

Lo que es cierto en todos los casos: el canal entre tú y la otra casa acaba de reconocer un límite. Ese reconocimiento no es una debilidad. Es justo lo contrario. Reconocer que dos personas, solas, no pueden con todo es lo que les permite a dos personas, con el apoyo adecuado, hacer casi todo lo que necesitan hacer.

Tu peque, de algún modo que quizá no logre poner en palabras hasta dentro de muchos años, habrá salido ganando con alguien que supo cuándo buscar ayuda. No porque buscar ayuda sea virtuoso. Sino porque lo otro, seguir haciendo solo lo que no se puede hacer solo, tiene costos que tarde o temprano paga el peque.

El costo que no paga, en esta versión, es el de años de vueltas sin resolver.

Cierras el celular. Haces la cena. El siguiente paso ya está, de algún modo, en marcha.

Ese es el trabajo que el mediador ni siquiera ha empezado a hacer. El reconocimiento de que hace falta uno ya empezó el trabajo.

Esto es autoayuda, no consejo médico, psicológico ni legal, y no sustituye la ayuda de un profesional cualificado. Si tú o tu hijo o hija podéis estar en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu zona.