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Módulo 04 · Adolescentes, conducta y autonomía

Manejar, el alcohol y las horas sin supervisión

By the dip team · Clinical consultant: Pauline Sam, MD ·

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Manejar, el alcohol y las horas sin supervisión

Manejar, el alcohol y las horas sin supervisión

Módulo 04 · Conducta adolescente y autonomía · Artículo 10 · Wave 3 · 13+


Tu hija tiene dieciséis. Esta noche está en casa de una amiga. La hermana mayor de la amiga va a hacer una fiesta. Va a haber alcohol. Lo sabes porque tu hija, en un momento de apertura poco común, te lo contó. También te dijo que va a estar de vuelta a la una de la mañana, que los papás de su amiga están enterados y que todavía no decide si va a tomar.

Tu hijo tiene diecisiete. Acaba de pasar el examen de manejo. Esta noche se llevó el carro para llevar a tres amigos a un concierto. Los va a traer de regreso a medianoche. Ya revisaste la ruta, la gasolina, el clima. En algún momento de las próximas cuatro horas vas a oír cerrarse la puerta de la calle. Hasta entonces, vas a estar más o menos bien.

Este artículo trata de los años entre los quince y los dieciocho, cuando tu adolescente empieza a pasar horas de su vida fuera de la vista de cualquiera de los dos. Manejar. El alcohol. Las fiestas. Quedarse a dormir en casa de los amigos. Irse a la ciudad un día entero. Las horas en que son ellos mismos, en el mundo, con sus propias decisiones.

En una familia que vive en dos casas hay una capa de más. Las dos casas tienen que estar de acuerdo en las reglas y en lo que se espera. Las dos casas necesitan saber qué está pasando cuando tu adolescente está en la otra. Y las dos casas tienen que manejar de la misma forma los errores que tarde o temprano van a llegar.

Qué cambia en los años sin supervisión

La autonomía de tu adolescente no llega de un solo golpe. Llega por olas.

A los trece o catorce, salen con los amigos a la plaza del barrio. Tú los dejas, tú los recoges. Sabes con quién andan. La ventana es de dos horas.

A los quince, se van más lejos. Toman transporte público. Van a fiestas donde a veces conoces a quien las hace y a veces no. La ventana es de cuatro horas, luego de seis, luego una pijamada.

A los dieciséis, en muchos lugares ya pueden tomar (con supervisión, según la ley de cada lado) y a lo mejor empiezan a aprender a manejar. Salen los viernes y los sábados en la noche por ratos más largos. Van a tocadas, a fiestas, a casas de amigos donde tú nunca has estado.

A los diecisiete quizá ya tengan licencia. Manejan solos y llevan a otros. A veces ya tienen pareja. Se van un fin de semana con los amigos. Cada vez más, están armando una vida que corre a un lado de la familia y ya no dentro de ella.

A los dieciocho, en casi todos lados ya son adultos ante la ley. Pueden tomar, votar, firmar contratos, irse de casa. Las horas sin supervisión ya son lo normal; las horas supervisadas se volvieron la visita.

Esta es la forma del desarrollo. Casi todos los adolescentes la atraviesan. Las familias que viven en dos casas tienen que recorrer la misma forma, muchas veces con dos juegos de reglas, dos juegos de pláticas y la logística práctica de dos casas.

Qué acordar con la otra casa

Una plática corta al principio de estos años se ahorra muchas pláticas después.

Las reglas grandes. Pónganse de acuerdo, los dos, en lo que no se negocia. ¿Cuáles son las cosas que, si se rompen, las dos casas tratan como algo serio? Algunos ejemplos en los que las familias suelen aterrizar:

  • Nada de manejar después de tomar, aunque sea poquito. Nada.
  • Avísanos dónde estás y más o menos a qué hora vas a llegar. Qué tan detallado, eso lo decide cada familia.
  • Si estás en una situación que se salió de control, háblanos. Sin reproches. Vamos por ti.
  • Nada de ir a un lugar que no conocemos con gente que no conocemos. (Esta regla se va aflojando con la edad.)
  • Las drogas son una plática de verdad, no una regla que podamos simplemente imponer.

Los detalles van a cambiar. El punto es que las dos casas estén de acuerdo y que tu adolescente sepa que las dos casas están de acuerdo.

La postura de base sobre el alcohol. Esto va a depender muchísimo de la familia, del país, de la religión, de la cultura. Sea cual sea, las dos casas deberían sostener la misma línea. Preferiríamos que no, y sabemos que a lo mejor sí. Estas son las cosas que importan. O en esta familia no tomamos. O un poquito en reuniones familiares está bien, las fiestas son otra cosa. No tengan una casa donde el alcohol está prohibido y otra donde se ofrece. Tu adolescente va a leer la diferencia, y las reglas en ambas casas se van a ir desgastando.

La postura de base sobre manejar con amigos. ¿Cuándo pueden llevar amigos en el carro? ¿Cuándo pueden hacer viajes más largos? ¿Cuándo se les permite manejar de noche? Pónganse de acuerdo.

La postura de base sobre las fiestas. ¿Se les permite ir a fiestas? ¿A qué edad? ¿Con o sin presencia de un adulto? ¿Pijamada después de la fiesta o pasar por ellos a medianoche? Pónganse de acuerdo.

La postura de base sobre quedarse a dormir en casa de amigos. ¿Cuándo? ¿Cada cuánto? ¿En casa de quién? ¿El chequeo de hablarle los dos a los papás, o confiar en tu adolescente?

Dinero para taxis y para el regreso a casa. Es algo chiquito que importa mucho. Las dos casas deberían asegurarse de que tu adolescente tenga cómo volver desde donde sea, a la hora que sea, sin tener que escoger entre una cosa y otra. Si te quedas varado, siempre puedes pedir un taxi a cualquiera de las dos casas. Nosotros lo pagamos. Sin preguntas.

El principio del celular como cordón de salvación. El celular de tu adolescente, en esta etapa, se vuelve el cordón que lo conecta con casa. Las dos casas tienen que respetarlo. Celular siempre prendido. Celular siempre con pila. Celular siempre contestado si tu adolescente llama.

El protocolo para cuando no están de acuerdo. Si hay algo en lo que ustedes dos no coinciden, la plática es entre ustedes dos, no enfrente de tu adolescente. Aterricen juntos una postura; preséntenla como una sola. El adolescente que puede poner a un papá contra el otro en estos años lo va a hacer, y la familia se va a partir justo por esas grietas.

Qué no hacer

Una lista.

No prohíbas cosas que no puedes hacer cumplir. Te prohíbo tomar en las fiestas. Eso no lo puedes hacer cumplir. Tu adolescente va a tomar o no va a tomar según sus propias decisiones. Lo que sí puedes hacer es tener la plática sobre cómo tomar con cuidado, cuándo parar, qué hacer si algo sale mal y cuáles son los puntos que de plano no se negocian (nada de manejar tomado). Prohibir lo que no puedes hacer cumplir solo le enseña a mentirte.

No los vigiles de manera obsesiva. Apps que rastrean el celular, ubicación compartida, mensajes a cada rato. Un poquito de esto, acordado, está bien. En exceso desgasta la confianza, les enseña vigilancia en lugar de comunicación y los entrena para buscarle la vuelta. El punto no es saber dónde están a cada instante; el punto es que te hablen cuando algo anda mal.

No castigues que te cuenten las cosas. Si tu adolescente te dice que estuvo en una fiesta donde alguien se puso muy mal de borracho, no lo castigues por habértelo contado. Que te lo cuente es el regalo. Si castigas el regalo, la próxima vez no te va a contar.

No hagas imposible ser honesto contigo. Hay casas con reglas tan duras que tu adolescente no tiene más opción realista que mentir. No seas esa casa. Haz que sea posible llegar a casa y decir me equivoqué o no estoy donde dije que iba a estar sin que se acabe el mundo.

No trates de caer bien a toda costa. Ay, yo tomaba a tu edad. Yo te compro el vino, nomás no tomes nada más fuerte. No quieras ser el amigo en lugar de la mamá o el papá. Tu adolescente necesita a la mamá o al papá. El listón debe ser amable, no estar por los suelos.

No hagas un drama de las cosas chiquitas. La primera vez que lleguen un poquito tomados, la plática es tranquila en la mañana, no un pleito a gritos a las dos de la madrugada. La primera vez que saquen el carro sin avisarte, la plática es tranquila. Guarda las reacciones grandes para las líneas rojas de verdad.

No ignores lo que ves. El error contrario. Si algo de verdad anda mal (que tomen mucho y seguido, drogas que sospechas, un grupo de amigos que te preocupa, una pareja que los trata mal), no te hagas como que no lo notaste. Pon atención. Habla con ellos. Habla con la otra casa.

No compitas con la otra casa por ser más permisivo. ¿Te dejó ir a esa fiesta? Pues yo te dejo ir a dos. No quieras ser la casa más fácil para ganarte su preferencia. Tu adolescente necesita que las dos casas estén firmes, no compitiendo entre sí.

Cómo manejar los errores que tarde o temprano van a pasar

Un adolescente en los años sin supervisión va a cometer errores. Algunos chiquitos. Otros más grandes. Cómo los manejas importa más que el error en sí.

La primera vez que lleguen tomados a casa. No armes un pleito a las dos de la madrugada. Acuéstalos, de lado, con un vaso de agua junto a la cama. Asegúrate de que estén físicamente a salvo. La plática es en la mañana, cuando estén crudos y más callados. Cuéntame qué pasó. ¿Estás bien? ¿Qué queremos hacer distinto la próxima vez? Escucha más de lo que hablas. La cruda es su propia maestra.

La primera vez que rompan una regla que sí importaba. La hora de llegada. Mentir sobre dónde estaban. Manejar a un lugar al que no debían. Siéntense. Platiquen. Averigua qué pasó de verdad. Alguna consecuencia que vaya con el tamaño de lo que pasó. Incluye a la otra casa antes de decidir la consecuencia; las dos casas tienen que manejarlo de la misma forma.

La primera vez que te hablen para que vayas por ellos. Este es el momento en que valieron la pena las reglas. Ve. No les des el sermón en el carro. Llévalos a casa. A la cama. La plática es para mañana. Antes de dormir: Gracias por hablarme. Eso es exactamente lo que quiero que hagas. Necesitan oírlo.

La primera vez que te cuenten de un amigo en problemas. Una amiga que sufrió una agresión sexual en una fiesta. Un amigo que tomó algo que no debía. Una amiga en una relación que le hace daño. No lo conviertas en algo sobre tu adolescente. Escucha. Deja que piense en voz alta qué hacer. Ayúdalo a descubrir a quién contarle. Cuéntale a la otra casa si viene al caso.

El primer error serio cuando estaban en la otra casa. Algo pasó en un fin de semana allá. No te lo contaron porque pensaron que te ibas a enojar. Y en la otra casa no te avisaron porque lo estaban resolviendo. Averigua qué pasó. Con calma. Dejen claro, entre ustedes dos, que las cosas grandes viajan entre las dos casas en cuestión de horas.

Lo específico de la otra casa

Unos cuantos patrones que ayudan.

Mándense avisos cortos cuando tu adolescente está en la otra casa en noches importantes. Se va a quedar en casa de mi mamá, regresa mañana. Aquí todo tranquilo. O Se fue a una fiesta, paso por él a medianoche, te aviso cuando esté en casa. La información chiquita deja a las dos casas más tranquilas y baja la angustia de qué estará pasando allá.

No pongas reglas por tu cuenta. Si quieres una regla nueva (nada de fiestas entre semana, nada de manejar después de las diez), habla primero con la otra casa. Aterricen juntos la postura. Y después tengan la plática con tu adolescente.

Confía en el criterio de la otra casa dentro de su propia casa, casi siempre. Dentro del marco que acordaron, la otra casa la maneja quien vive ahí. No cuestiones cada decisión que toman. Tu adolescente necesita que las dos casas funcionen como casas, no como lugares donde el que está ausente vuelve a poner en duda las reglas todo el tiempo.

Cuando algo sale mal, háblense. No se manden mensaje. Las cosas grandes (la fiesta que se salió de control, el accidente, la noche que no llegaron a dormir) merecen una llamada, no un mensaje.

Pónganse de acuerdo en qué sabe y qué no sabe tu adolescente sobre el dinero para emergencias. Las dos casas deberían dejarlo claro: si necesitas un taxi a casa, dinero para salirte de una situación, lo que sea, le puedes hablar a cualquiera de los dos, y nosotros lo pagamos. No tengas una casa donde esto es cierto y otra donde no.

Qué necesita de ti tu adolescente en esta etapa

Unas cuantas cosas que es fácil olvidar.

Necesitan que te tomes en serio que están madurando. Alguien de dieciséis no es alguien de doce. Trátalos con el respeto que toca. Escucha lo que piensan. Confía en su criterio a grandes rasgos. Pon límites cuando haga falta, pero desde el respeto, no desde el control.

Necesitan que estés firme. A través de sus errores. A través de sus etapas. A través de los fines de semana en que no los ves y los fines de semana en que quieren estar en casa contigo. Firme quiere decir disponible, en calma, sin competir por su atención.

Necesitan saber que la puerta siempre está abierta. Pase lo que pase, hayas hecho lo que hayas hecho, puedes volver a casa. Ya lo resolveremos. Dilo. Necesitan oírlo.

En esta etapa necesitan, de alguna manera, más a un compañero que a una mamá o un papá. No literalmente una pareja, sino un adulto más firme que camina a su lado, no adelante. Los años de la adolescencia se acaban. La relación de adultos empieza. Esta es la etapa en que, poco a poco, vas cambiando de papel.

El arco más largo

Casi todos los adolescentes salen enteros de los años sin supervisión. Cometen algunos errores. Pasan algunos sustos. Los superan, casi siempre por la forma en que la familia manejó los momentos alrededor.

Lo que anticipa buenos resultados en esta etapa: papás que están en calma, las dos casas a grandes rasgos de acuerdo, puntos que de plano no se negocian y que de verdad no se negocian, mucho espacio para los errores chiquitos, pláticas en lugar de castigos, la puerta siempre abierta.

Lo que anticipa resultados más difíciles: reglas rígidas que producen conductas escondidas, papás peleados entre sí para que el adolescente los pueda enfrentar a uno contra el otro, ningún punto claro que no se negocie, así que todo está a discusión, respuestas que castigan que te cuenten las cosas, papás que hacen justo aquello que le dicen a su adolescente que evite.

Tú y la otra casa están haciendo esto juntos. Los años sin supervisión también son los años en que se está poniendo el cimiento de la relación adulta entre tú y tu adolescente. Aparece. Mantente en calma. Sostén la línea donde importa. Suelta donde no. Mantén la puerta abierta.

Para cerrar

La una de la mañana. Oyes la puerta de la calle. Oyes las llaves. Oyes pasos en la escalera. La puerta de la recámara se cierra.

No vas a checar. No preguntas, a través de la puerta, qué tal estuvo. Te quedas en tu cama, despierto, y escuchas. Corre la llave del agua. Se jala el baño. Cruje la cama. Se apaga la luz.

En la mañana van a desayunar. Le vas a preguntar si estuvo buena la noche. Te va a decir que sí, más o menos. Te va a contar una o dos cosas. Vas a escuchar. Le vas a mandar a la otra casa un mensaje corto: Llegó a la una, se ve bien, les aviso si surge algo.

Ese es el ritmo ahora. Las horas sin supervisión se volvieron la rutina. La casa es el lugar al que regresan. Tú eres el suelo firme al que vuelven. En la otra casa hay un suelo igual de firme. Juntos, aun en sus lugares separados, están haciendo esto. Sigan adelante.

Esto es autoayuda, no consejo médico, psicológico ni legal, y no sustituye la ayuda de un profesional calificado. Si tú o tu hijo o hija pudieran estar en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu localidad.