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Módulo 01 · Sueño y hora de dormir

El ritual de dormir que viaja contigo

By the dip team · Clinical consultant: Pauline Sam, MD ·

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El ritual de dormir que viaja contigo

El ritual de dormir que viaja contigo

Módulo 01 · Sueño y hora de dormir · Artículo 02 · Wave 1 · todas las edades


Es miércoles en la noche. Casa nueva, apenas tres semanas aquí. Tu peque lleva callado desde la cena. El cepillo de dientes va en el vaso nuevo. La toalla nueva cuelga del gancho nuevo. La cama nueva tiene las mismas sábanas que trajiste de antes, pero el cuarto huele distinto. Te sientas en la cama igual que siempre te has sentado en la cama. Le dices: ¿quieres que leamos? El libro es el mismo que llevan leyendo desde hace dos meses. Las hojas ya se conocen.

Asiente. El libro se abre. Pasa la primera oración. Los hombros se le bajan un centímetro.

Para esto sirve un ritual. No es el cuarto. No es la cama. Es el libro y la forma en que dices ¿quieres que leamos? Eso se mueve con ustedes dos.

Qué es un ritual en realidad

Un ritual es una secuencia que se repite y que el cuerpo del niño ya se sabe. Llena la segunda mitad de esa ventana de noventa minutos. Esa ventana es la hora y media más importante de la vida en crianza compartida (Sueño 01 explica por qué). El ritual es la parte que lleva al niño de estar tranquilo a quedarse dormido.

No es una lista de pendientes. No es una lista de quehaceres. Es un patrón que empieza con una señal específica y termina con un momento específico, cada noche, más o menos con la misma forma.

Los elementos mínimos:

  • Una señal de que ya empezó la calma de la noche (se bajan las luces, se apagan las pantallas, la misma frase)
  • Una parte de en medio que se repite (el baño, el libro, la canción, la plática)
  • Un cierre constante (la frase de las buenas noches, el beso, la mano en la espalda)

El cuerpo reconoce estos patrones mucho antes de que la mente lo note. Después de tres semanas, la pura señal empieza a activar la calma. Después de tres meses, la señal basta para que al peque se le escape un bostezo.

Esto es lo que viaja bien. El ritual funciona en cualquier cuarto, en cualquier casa, en un hotel, en casa de los abuelos. Mientras estén los elementos, el cuerpo reconoce que está en casa.

Lo suficientemente chiquito para viajar y lo suficientemente importante para contar

Aquí viene lo sorprendente. El ritual que viaja casi nunca es el que los papás eligen primero.

Muchas veces queremos hacer ritual de las cosas que nos enorgullecen. Los productos cuidados para el baño. Los libros caros para niños. La pared del cuarto que pintamos con tanto esmero. Nada de eso viaja.

Lo que sí viaja:

  • Un cuento o un libro específico para la hora de dormir (un solo libro, no todo un librero)
  • Una canción que cantas o una canción que pones
  • Una frase que dices al final (te quiero hasta la luna y de regreso, o que duermas rico, que descanses, nos vemos en la mañana)
  • Un objeto chiquito (un peluche, una cobija suavecita, algo que reconforta y que vive en su mochila)
  • Una mano en la espalda mientras se acomoda

Eso es todo. El ritual entero cabe en una mochila chica. El ritual entero sobrevive a dos casas, a las casas de tres parientes, a un hotel en las vacaciones y al interior de una casa de campaña.

El error que cometemos como papás es querer hacer el ritual elaborado. Los rituales elaborados son frágiles. Dependen del cuarto correcto, la luz correcta, la hora correcta. Un ritual sencillo es resistente. Sobrevive a la mudanza, a la noche que se hizo tarde, al adulto que ya está agotado.

Armar el ritual con la otra casa

Esta es la parte más difícil. El ritual funciona mejor cuando lo hacen en las dos casas. Los mismos elementos, más o menos con la misma forma, cada noche.

La plática que vale la pena tener desde temprano: ¿qué cosas vamos a seguir haciendo los dos?

El libro que están leyendo en este momento a la hora de dormir debería viajar entre las dos casas. El objeto que reconforta debería viajar. La canción debería cantarse en las dos casas (o ponerse en el celular si nadie sabe cantar). La frase que dices al final debería ser la misma.

Algunas cosas van a ser distintas. El cuarto es distinto. La cama es distinta. La pijama tal vez sea distinta. El baño antes de dormir quizá pase en una casa y en la otra no. Nada de eso rompe el ritual. Lo que importa son los elementos centrales.

Si en la otra casa no le ven el valor al mismo ritual, eso vale más la pena resolverlo despacio que rápido. Y te explico por qué. Un niño que tiene a una de sus dos casas sosteniendo el ritual, de todos modos tiene un ritual. Tiene un lugar donde el momento de dormir guarda la misma forma cada noche. Eso es mejor que no tener ritual. El trabajo, entonces, es ser ese adulto. Con constancia. En calma. Sin subirle al tono. (Comunicación con el papá o la mamá de tu peque 01 trata de cómo sacar esta plática sin que se vuelva un pleito.)

Cuando las dos casas sostienen el mismo ritual, la hora de dormir del niño funciona en ambas casas. Cuando lo sostiene una sola, el ritual sigue funcionando en una casa y el cuerpo del niño ya sabe dónde vive la versión tranquila de la hora de dormir. Eso ya es un regalo enorme.

Cómo cambia el ritual según la edad

El ritual no es fijo. Se va moviendo conforme el niño crece. El error que cometemos como papás es dejarlo igual demasiado tiempo. El ritual de dormir de un niño chiquito no le va a servir a uno de nueve años. El de nueve años no le va a servir a uno de trece.

Estas etapas se traslapan. Un niño de cuatro tal vez todavía necesite partes del ritual de cuando era más chiquito. Uno de nueve quizá todavía quiera la canción. La forma cambia poco a poco, y los elementos se van cayendo uno por uno conforme el niño los deja atrás. La frase del cierre suele ser la última en irse, y muchas veces no se va nunca.

De 1 a 3 años. El ritual es cargado, muy de los sentidos, y corto. Baño, pijama, un cuento corto o una canción, se apaga la luz, unos minutos de compañía, la frase de las buenas noches. Todo dura unos 25 minutos. El niño necesita a la misma persona haciendo lo mismo en el mismo orden. Andar rotando quién lo acuesta no funciona bien a esta edad. La estabilidad de quién importa más que una igualdad perfecta.

De 4 a 6 años. El ritual se alarga tantito. El cuento es más largo. La plática en la penumbra quizá incluya tres frases sobre cómo le fue en el día. La frase de las buenas noches es fija. Se apaga la luz, la mano suavecita en la espalda, la puerta se deja abierta o cerrada de una manera específica. Ahora el niño ya puede llevar el patrón en la cabeza y avisarte cuando algo no salió bien.

De 7 a 9 años. El ritual se vuelve más una conversación que un guion. El cuento quizá sea un libro por capítulos. La plática en la penumbra es más larga. Ahora el niño te cuenta sobre su día, ya no solo recibe el ritual. La frase de las buenas noches sigue ahí. La mano en la espalda sigue ahí. La forma es la misma. El contenido es suyo.

De 10 a 13 años. El ritual es casi pura compañía. El cuento muchas veces ya desapareció. La plática se volvió de verdad. Quizá quiera que te sientes con él diez o quince minutos. Tal vez no diga gran cosa. Tal vez diga muchísimo. La frase de las buenas noches suele encogerse (te quiero, que descanses), pero la estructura es la misma. La mano en el hombro sigue ahí.

De 14 a 17 años. El ritual es un saludarse rápido. Cinco minutos junto a la puerta. ¿Cómo te fue hoy? ¿Hay algo que me quieras contar? Que descanses, te quiero. Tu adolescente necesita menos. Pero sigue necesitando que le abran la puerta, aunque sea un momentito, cada noche.

Lo que se mantiene igual en todas las edades: la frase del cierre, dicha de la misma manera, cada noche, en cada casa. Que descanses. Te quiero. Nos vemos en la mañana. Esa frase es la pieza más chiquita y más portátil del ritual. Y también es la que nunca deja de importar.

Cuando el ritual no viaja

A veces una casa no sostiene el ritual. Quizá en la otra casa no le ven el valor. Quizá una madrastra o un padrastro tiene otras ideas. Quizá el calendario va demasiado apurado. Quizá nadie le entra.

Qué hacer cuando pasa esto. Tres cosas.

Uno. No le subas al tono por el ritual de la otra casa. El ritual de tu casa sigue funcionando. Sostén el tuyo. No sermonees. No lo conviertas en un asunto público. Los niños leen la tensión. Se supone que el ritual es la parte tranquila, no el nuevo conflicto.

Dos. Dile a tu peque qué es lo verdadero en tu casa. En nuestra casa, esto es lo que siempre hacemos. El libro, la canción, la frase, la mano en la espalda. Lo va a entender. No tienes que explicarle la diferencia. Solo tienes que sostener tu parte.

Tres. Pregúntale al niño, con calma, de vez en cuando, cómo es su hora de dormir en la otra casa. No de una forma que lo haga sentir que está delatando a nadie. De una forma que lo deje contarte qué necesita. A veces la respuesta deja ver qué le hace falta. Entonces puedes encontrar la manera de mandar con él un pedacito del ritual. El libro en la mochila. Un audio tuyo leyéndole, en su celular. La misma frase de las buenas noches escrita en un mensaje antes de que se duerma. Puentes chiquitos. No sermones.

Para cerrar

Un ritual es una casa portátil. Es esa forma chiquita y repetida que el cuerpo del niño reconoce como segura.

Viaja en una mochila. No ocupa espacio. No cuesta nada. Sobrevive a la mudanza, a la casa nueva, al nuevo arreglo, a las vacaciones en casa de los abuelos, a la noche en que cambió el calendario.

El ritual es lo más chiquito y portátil que construyes para tu peque. Y también es de lo más duradero. Dentro de muchos años, cuando ya sea grande, va a recordar la forma del ritual con más claridad que cualquier cosa específica que le hayas dicho.

Constrúyelo chiquito. Constrúyelo sencillo. Constrúyelo ahora.

Esto es autoayuda, no consejo médico, psicológico ni legal, y no sustituye la ayuda de un profesional calificado. Si tú o tu hijo o hija pudieran estar en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu localidad.