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Módulo 13 · Conducta y regulación emocional

El miedo a perder también al otro papá o mamá

By the dip team · Clinical consultant: Pauline Sam, MD ·

4–78–127 min de lectura
El miedo a perder también al otro papá o mamá

Versión en inglés · traducción en preparación

Este artículo aún está en inglés. La traducción al español está en preparación.

El miedo a perder también al otro papá o mamá

Módulo 13 · Conducta y regulación emocional · Artículo 13 · Wave 3 · 4-7 y 8-12 años


Tu peque empezó a checar todo. ¿Dónde vas a estar? ¿A qué hora regresas? ¿Y si no llegas? Quiere saber tus planes con lujo de detalle, se angustia si te tardas unos minutos, te llama para asegurarse de que sigues ahí. O aparece en el intercambio: un peque que de pronto se pega y se desespera con tal de no separarse de uno de ustedes, como si esa despedida pudiera ser para siempre. Debajo de las preguntas y de ese pegarse hay un miedo que quizá nunca diga en voz alta, y es uno de los miedos más comunes y menos hablados de toda la separación. Si uno de sus papás pudo irse, el otro también podría.

Este es de los temas que piden suavidad, porque toca de cerca lo que más asusta a un peque de la separación. Si lo estás leyendo como mamá o papá, puede doler darte cuenta de que tu peque carga con este miedo. Tiene todo el sentido que lo cargue, y es algo en lo que sí puedes ayudar de manera directa. Esa es la buena noticia dentro de la parte difícil.

La lección que aprendió tu peque

Antes de la separación, casi todos los niños viven con una idea que no se dice pero ahí está: que sus papás son algo fijo, que simplemente siempre están, como el piso que pisan. La separación rompe esa idea. El peque aprende, de la manera más concreta posible, que uno de sus papás puede dejar de vivir con él, que la familia con la que contaba puede cambiar, que las personas que siempre estuvieron a lo mejor no siempre van a estar. Sin importar lo que los adultos quisieron, la lección que se le queda al peque es que esa permanencia que daba por hecha no está garantizada.

Una vez que un peque aprende que uno de sus papás puede irse, la conclusión lógica y aterradora le salta a la vista. Si eso pudo pasar, ¿qué impide que el otro también se vaya? Esto no es una locura. Desde donde lo ve el peque, es una deducción razonable a partir de la prueba que le acaban de poner enfrente. La idea de base, la de que los papás son para siempre, ya quedó desmentida una vez, y un peque que aprendió que ese suelo se puede mover tiene toda la razón en preocuparse de que se vuelva a mover.

Este miedo está debajo de gran parte de la conducta después de una separación. Eso de pegarse, de andar checando, la angustia al separarse, lo difícil que se pone el intercambio, la necesidad de rastrear dónde anda cada quien, los pleitos a la hora de dormir y en la puerta de la escuela, muchas veces son el mismo miedo con distinta ropa. El peque está vigilando qué tan seguros están los lazos que le quedan, porque aprendió que esos lazos se pueden perder. Visto así, un montón de conductas sueltas se acomodan en una sola preocupación de fondo, y una sola preocupación de fondo sí es algo que puedes atender.

Por qué no basta con tranquilizar con palabras

Lo natural es tranquilizarlo con palabras. No me voy a ningún lado. Siempre voy a estar aquí. Nunca te voy a dejar. Y decir esto importa: las palabras que tranquilizan tienen su lugar. Pero las palabras solas no resuelven este miedo, y hay una razón muy concreta. El peque alguna vez dio por hecho que todo era permanente y la realidad le demostró que no. Aprendió a no confiar del todo en eso de que alguien "siempre está". Así que una promesa de permanencia, por más sincera que sea, le cae a un peque que tiene pruebas recientes de que esa permanencia puede fallar. Las palabras son necesarias, pero no suficientes.

Lo que de verdad tranquiliza a un peque que teme perder a uno de sus papás no es la promesa, sino la experiencia repetida de tenerlo ahí de forma confiable y predecible. La confianza es la verdadera tranquilidad, demostrada una y otra vez, no declarada una sola vez. Cada vez que dices que regresas a cierta hora y regresas, cada vez que apareces en el intercambio como quedaste, cada vez que el peque te busca y te encuentra, el miedo recibe un pedacito de prueba en contra. Su sistema nervioso aprende, poco a poco, a través de la experiencia acumulada, que este lazo aguanta, aunque el otro arreglo haya cambiado.

Por eso la constancia y lo predecible importan tanto para un peque asustado. No son nomás rutinas bonitas: son el ingrediente activo que sana el miedo. Quien está de forma confiable donde dijo que estaría, a la hora que dijo que estaría, está reconstruyendo, una promesa cumplida a la vez, esa idea de permanencia que se le hizo pedazos al peque. La confianza es la medicina. Las palabras son la etiqueta del frasco.

Los dos papás demostrando que el miedo se equivoca

El miedo es a perder a cualquiera de los dos, lo que significa que ambos son parte de la respuesta, y aquí es donde la crianza compartida hace un trabajo callado e importante.

Cada quien tranquiliza ese miedo estando ahí de forma confiable en su propio tiempo con el peque: apareciendo, respetando el calendario, estando presente de manera predecible. Pero también hay una parte compartida. El miedo se alimenta de la inestabilidad y se calma con la estabilidad, así que un arreglo de crianza que de por sí sea estable y predecible, con un calendario confiable, intercambios tranquilos y la sensación de que la estructura aguanta, calma de manera directa esa preocupación de fondo del peque. Un arreglo caótico e impredecible mantiene vivo el miedo, porque le confirma que las cosas son inestables. Uno parejo le dice al peque, a través de lo que vive, que aunque la familia cambió de forma, la nueva forma es sólida y sus lazos dentro de ella están seguros.

Este es uno de los muchos momentos en que, cuando ambos se mantienen coordinados y firmes, aunque no se caigan bien, eso se nota directo en el bienestar del peque. Un peque que ve a dos papás que aparecen de forma confiable, que sostienen una estructura predecible, que siguen presentes, es un peque que va juntando pruebas que desmienten su miedo más profundo. Ninguno de los dos puede hacerlo solo. Que ambos sean confiables es lo que le demuestra al miedo que se equivoca.

Ponerle nombre con suavidad

Mientras la confianza hace el trabajo profundo, ponerle nombre al miedo con suavidad también ayuda, sobre todo con un peque más grande. Un peque que carga un miedo callado a perder a uno de sus papás muchas veces se siente menos solo con él una vez que el miedo tiene nombre. A veces, después de un cambio así, los niños se preocupan de que también podrían perder a su otro papá o mamá. Es una preocupación de lo más normal. Y mira, lo importante: tu mamá y tu papá siempre van a ser tus papás, y los dos siempre vamos a estar aquí para ti, aunque vivamos en casas distintas. Le pones nombre al miedo, lo normalizas y lo acompañas con la tranquilidad, sabiendo que esa tranquilidad se irá confirmando con el tiempo gracias a tu presencia confiable.

Con un peque más chico que todavía no sabe poner en palabras el miedo, ponerle nombre es algo más ligero y la confianza importa todavía más, porque va a absorber la tranquilidad más por lo que vive que por lo que le explican. De cualquier forma, el mensaje es el mismo. El miedo tiene sentido, tú lo entiendes y vas a demostrar que se equivoca estando ahí, una y otra vez, hasta que el cuerpo del peque vuelva a aprender que no te va a perder.

La frase que te llevas

Este es uno de los miedos más comunes y menos hablados después de una separación, y tiene sentido: un peque que aprendió que uno de sus papás puede irse, con razón se preocupa de que el otro lo siga. Está debajo de buena parte de la conducta posterior a la separación: eso de pegarse, de checar, la angustia al separarse, todo el mismo miedo con distinta ropa. Las palabras que tranquilizan importan, pero no bastan, porque el peque tiene pruebas de que la permanencia puede fallar; lo que sana el miedo es la experiencia repetida y vivida de tener a uno de sus papás ahí, de forma confiable y predecible. Que ambos demuestren que se equivoca con su presencia firme, y una estructura de crianza compartida estable, son la verdadera medicina, junto con ponerle nombre al miedo con suavidad para que el peque no se quede solo con él.

Tu peque te teme perder porque aprendió que perder a un papá o una mamá es posible. A ese miedo no le respondes sobre todo con promesas, sino estando ahí, de forma confiable, hasta que su corazón vuelva a aprender que ahí vas a estar.

Tu peque aprendió que un papá o una mamá puede irse. Tú le enseñas la verdad más honda de la única manera en que se puede enseñar: estando ahí de forma confiable, una y otra vez, hasta que lo crea con el cuerpo.

Esto es autoayuda, no consejo médico, psicológico ni legal, y no sustituye la ayuda de un profesional cualificado. Si tú o tu hijo o hija podéis estar en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu zona.